En mi niñez eran pocas las opciones en materia de bodegas y marcas de vinos, Igual sigo recordando algunas históricas

En casa como en la de la mayoría de lo hogares argentinos se tomaba vino con la comida y casi siempre era Negro porque el blanco daba dolor de cabeza según los entendidos de esa época. Si, así como leyeron, se le decía Negro al tinto nuestro de cada día. Claramente eran tiempos en lo que vino era amo y señor en todos lados, teníamos un consumo per cápita del orden de los 90 litros anuales, una bonaza increíble. El momento era soñado para muchos sin duda alguna.

En esos momentos también eran muchas menos las bodegas en la Argentina y las marcas por ende eran un puñado las que podían llegar a todo el territorio, digo esto en comparación al momento que estamos viviendo hoy eh, 50 años después, con mas de 900 bodegas y más de 2500 marcas de vinos.

De ese pelotón de marcas puedo recordar las que llegaban a nuestra casa y al almacén de ramos generales donde íbamos a comprar siempre, ellas son Vinos Galán, Giol, Lecho de Piedra, Santa Ana, Resero, Rojo Trapal, Toro, San Felipe Caramañola, Santa Isabel, Bianchi, Grafigna, Lopez, etc. De esas algunas siguen claro está, algunas aggiornadas, pero otras desaparecieron en el tiempo y han dejado huellas. De una de esas desaparecidas quiero hoy contarte, hablo de Bodegas Giol, esa gran bodega Mendocina que no esta mas y fue tan importante en el mundo vinícola.  

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Historia de la antigua bodega Giol

El establecimiento es, sin lugar a dudas, un icono de la vitivinicultura mendocina por su significación histórica, social y económica.

En 1896, Gerónimo Bautista Gargantini, de origen suizo y Juan Giol, italiano, formaron una sociedad a la que denominaron «La Colina de Oro». Compraron 44 hectáreas en Maipú y levantaron los primeros cuerpos de la bodega. El crecimiento de la producción fue vertiginoso: según una publicación de la firma, La Colina de Oro pasó de elaborar 40.000 hectolitros en 1898 a 300.000 en 1910.

En sólo cuatro años -de 1906 a 1910- se anexaron al establecimiento de Maipú más de siete mil hectáreas entre viñas, potreros y campos incultos; se compró una bodega en Russell y se construyó otra en Rivadavia. Hacia 1910, y en época de vendimia, el personal de La Colina de Oro alcanzaba a más de 300 vendimiadores entre hombres, mujeres y niños. A ellos se sumaban 220 trabajadores en la bodega, 80 toneleros y 100 carreros.

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La bodega y su efecto urbanizador

La presencia de la bodega LCO fue decisiva en el proceso de urbanización del carril Ozamis hacia el norte hasta la estación Gutiérrez. Numerosos avisos inmobiliarios en los periódicos de la época dan cuenta de este proceso y ponen en evidencia el rol protagónico que ejerció la bodega en el fenómeno de poblamiento.

La ubicación “enfrente” era considerada de privilegio, dada la importancia económica de la firma y la actividad que generaba a su alrededor. En efecto, la zona se pobló de viviendas y negocios, proliferaron almacenes, cantinas y fondas; nuevos espacios de sociabilidad donde el inmigrante desarrolló estrategias para provocar encuentros con “conocidos, desconocidos y extranjeros”.   Paralelamente, se instalaron en sus proximidades talleres metalúrgicos, fábricas de carros, corralones, carpinterías, destilerías, que satisfacían la creciente demanda de servicios complementarios a la bodega.

La Colina de Oro originó la valorización de las tierras aledañas y una rápida urbanización del carril Ozamis y de su paralela hacia el este, desde la plaza departamental a la estación Gutiérrez, donde también se habían instalado otras bodegas como López, Bertona y El Progreso. En 1908 se modificó el radio urbano de la villa de Maipú incorporando ese sector, a fin de extender a esas calles el beneficio de los servicios públicos.  En este proceso urbanizador, la bodega La Colina de Oro y sus casas patronales fueron los modelos a imitar; y de esta forma, cumplieron una tarea decisiva en el desarrollo de una nueva edilicia urbana.

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La construcción de una bodega moderna

La bodega fue diseñada por el ingeniero italiano Antonio Gnello, quien había trabajado junto al ingeniero César Cipoletti en la construcción del dique regulador sobre el río Mendoza.

En la organización del establecimiento buscó racionalizar el proceso y los tiempos de elaboración por medio de un sistema eficiente de zonificación que asegurara conexiones rápidas, disminuyera los recorridos y facilitara un ciclo de elaboración continuo: vendimia-molienda-fermentación-conservación-fraccionamiento y expedición.

La modernización también se hizo evidente en las vasijas de roble de Nancy o de Norteamérica. Este equipamiento de maderas finas sólo estaba reservado a los grandes establecimientos de la época, capaces de invertir en ellos fuertes sumas de dinero. Las duelas llegaban por medio del ferrocarril y en las bodegas eran armadas por expertos toneleros. Emblemático resultó el tonel de 800 hectolitros que Giol y Gargantini hicieron construir en la afamada casa Fruhinsholz de Francia, para la exposición industrial del Centenario celebrada en Buenos Aires. Paralelamente se innovó en la construcción de piletas de hormigón armado por sus ventajas de capacidad y precio.

La Colina de Oro fue una verdadera cantera de experimentación, donde se pusieron a prueba las innovadoras maquinarias extranjeras, colocándose así, para prácticas industriales modernas, a la vanguardia de los países del mundo.

La Sociedad Anónima (1911- 1954)

En pleno apogeo de la empresa, en 1911, Bautista Gargantini decidió retirarse amigablemente de la sociedad y regresar a su patria. Unos años más tarde lo haría Juan Giol, por lo que el establecimiento quedaría en manos del banco Español del Río de la Plata.

Este período que va desde la formación de la SA en 1911 hasta la venta en el año 1954 del 51% de las acciones al Estado provincial, se caracterizó por el crecimiento de la producción y la expansión comercial con el establecimiento de seis plantas de fraccionamiento en distintos puntos del país. Hacia mediados del siglo XX la situación financiera de la bodega no era buena debido a la coyuntura de la vitivinicultura provincial y a la deuda que mantenía el Banco Español con el Banco Central; por lo que debió vender en 1954, el 51% de las acciones al Estado provincial. Diez años más tarde la totalidad de la Bodegas y Viñedos Giol quedaría en manos de la provincia.

La empresa estatal, con una superestructura edilicia y funcional en gran parte obsoleta, no pudo enfrentar la grave crisis vitivinícola de los años 1970-80, por lo que el gobierno provincial, en 1987, decidió su privatización.  En cuanto a las casas patronales, separadas del conjunto, fueron donadas al Municipio de Maipú por Ley 6.085 del 28 de octubre de 1993, para la creación del Museo Nacional del Vino y la Vendimia.

Fuente: Diario Los Andes | Museo Nacional del Vino y la Vendimia.